Este año no estoy saliendo mucho de pesca, entre temporal y temporal, y que últimamente las fechas no me han cuadrado mucho, no he podido ir tanto a las rocas como yo quisiera. Pero el sábado todo estaba en orden y había quedado con René para salir con su barquito en busca de verdel.

Sabía que no era un gran pez en cuanto a emoción, lucha y fuerza, pero es pescar, y estaba con unas ganas locas de coger la caña. Por internet pude ver las artes de pesca con las que se engaña al verdel, una especia de lana roja enrollada en el anzuelo parecía ser más que suficiente.

Me puse en casa frente al torno y monte señuelos con mi estilo, anzuelo 1/0, flash rojo o amarillo de cola y unos chenille rojos y amarillos brincados, esto era el resultado.

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Partimos de puerto sin mucho madrugar, la mañana era fresquita y estaba nublado, un día de los que gustan para la pesca. A una milla ya se podían observar los barcos tirando sus aparejos y sacando los verdeles.

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No tardamos en lanzar los aparejos y el primero que dio con ellos fue el padre de René.

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Las picadas se sucedían en cada lance, sacar más de dos piezas era lo mas normal.

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Llevaba un equipo muy ligero y cuando clavaba los tres, al menos podía disfrutar un poco más del lance. Es un pez bonito a pesar de su pequeño tamaño.

Solo llevaba tres anzuelos, pero René que llevaba cinco, sacaba el lote completo en muchos lances.

Cuentan que cuando clavas, dejas que se llenen los anzuelos, otra caña hace la misma operación y saca el pescado mientras una siempre esta con pescado clavado, así sucesivamente para que el pescado no se vaya.

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Una vez hecho el cupo, vuelta al puerto, habíamos pasado una mañana de lo más entretenida, muchas capturas y recuperando sensaciones, con la satisfacción añadida de que los señuelos funcionaron a la perfección.

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Hasta pronto…